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CÓMO CREAR UNA SERIE DE TELEVISIÓN


Gonzalo Toledano y Nuria Verde nos invitan a bucear por las series de televisión ¿Sabías que Anthony Zuiker, el creador de CSI, era conductor de autobuses antes de triunfar en la tele? ¿Tenías idea de cuántas cadenas de televisión rechazaron la serie Los Soprano de David Chase? ¿Y que Michael Crichton tuvo durante veinte años guardado en un cajón el drama médico Urgencias? ¿Estabas al corriente de que a Alan Ball le hicieron repetir el piloto de A dos metros bajo tierra por ser demasiado normal? ¿Y que Friends se creó en un taller de guión? A lo mejor tú también tienes una idea para crear una serie de televisión. Pero desconoces cómo se debe escribir el proyecto y su capítulo piloto. Este libro te guiará paso a paso en este proceso creativo. Desde el tema a los personajes; desde la estructura al tono; desde el punto de arranque al título. Con un estilo ameno, práctico y divertido, Cómo crear una serie de televisión se presenta como un manual que tiene como referente las series más conocidas de la televisión mundial.


Además en este libro encontrarás multitud de ejemplos y curiosidades. ¿Sabías que Bryan Singer creó al Dr. Gregory House basándose en el famoso detective Sherlock Holmes? ¿Y que David Chase también iba a terapia como su personaje Tony Soprano? ¿Sabías que Carol Hathaway, la jefa de enfermeras de Urgencias, iba a morir nada más comenzar la serie? ¿Y que el piloto más caro de la historia de la tele es el de Perdidos? Asimismo Cómo crear una serie de televisión te habla de lo que se 'cuece' en el mundo del guión y las series en España. Y te explica cómo dar los primeros pasos para vender tu serie y convertirte en un afamado guionista. Si como Anthony Zuiker, David Chase, Aaron Sorkin o Alan Ball, tú también tienes una idea para una serie de televisión, éste es tu libro. Si ellos pudieron, tú también.

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Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

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