Ir al contenido principal

Martín, el chaleco anti-calas y la libertad anónima

Después del golpe Martín estaba cansado, sin ganas de pensar y con la herramienta de la emoción bajo mínimos. Sin nauseas pero sin prisas. Con pausa pero sin tripas. Estaba agotado tras una operación que duró casi dos años.
El cirujano sentía admiración. Por primera vez extraía, por propia voluntad del paciente, una venda de los ojos con ramificaciones defensivas en cada extremidad interior. Un golpe a su estado vital. Una necesidad que, como sujeto, supo manifestarse, definirse y proclamar la autodeterminación. Pero la factura era alta y Martín lo sabía: Vivir sin la protección que traía de serie y por tanto quedar expuesto (con lo puesto y adquirido) a emociones; a favor y en contra. 

La operación comenzó en una exposición de Sebastiao Salgado, donde se invirtió la realidad para que fueran las fotos quienes contemplaran a Martín. Eran ellas, siempre instantáneas, las que veían cómo él iniciaba el preoperatorio. El cirujano, el doctor Posible, operaba desde un plano contiguo, mientras sujetaba al motivo de la intervención. Un motivo difícil, de esos que no se entienden a primera vista. Una razón de peso que sólo puede entenderse sin filtros. Martín, primero lo intuyó, después lo dedujo, más tarde lo entendió y finalmente asumió que sólo podría acariciar motivo y razón expropiando esa parte de sí mismo. No había vuelta atrás, sólo la locura de la cobardía podía parar el proceso. El Dr. Posible comenzó a separarle de la venda, del cristal ahumado, del chaleco 'anticalas'*. 

Lo peor ya ha pasado, dijo la enfermera. Martín estaba triste, de bajón, flojo, vacío, solo... Sabía que el proceso hasta adaptarse a la nueva vida sin filtros no era inmediato. En cambio, pronto empezaron a visitarle síntomas de una libertad desconocida y anónima. A veces ácida, incluso cruel y sarcástica. Pero síntomas de que había llegado a un hábitat hecho a su medida. De hecho él mismo lo había construido. Estar solo ante el peligro de vivir y ser consciente de ello no mataba. Cada día más contento y satisfecho por la opción tomada, entendía que había llegado tarde, pero había llegado. Posible, dos años desde el desfile de realidades, le dio el alta y Martín bajó a la tierra. En un bote con formol el doctor le entregó la venda y sus raíces, pero prefirió donarlo todo a la ciencia. Hoy lleva las primeras gafas graduadas a su medida. La justa. La suya. 

---

*Décima acepción de Cala: "Tienta que mete el cirujano para reconocer la profundidad de una herida". 

**La imagen pertenece a la obra de Sebastiao Salgado. http://thephotographersgallery.org.uk/sebastiaosalgado

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Martín se ha puesto en buenas manos. El Dr. Posible es heredero de una corriente médica que considera que todo error, defecto, ignorancia o mal tiene remedio, tarde o temprano. Solo es ponerse a calar.
Sin embargo,el Dr. Nopuedeser i Además, firme representante de la escuela del INS* está retrasando el normal desarrollo de la cirugía.

Copifate

* Inmovilismos Neuróticos Sistemáticos.

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

El verbo y el tren coloquial

Estación de Atocha, Madrid. Enero 2016 Esperaba subirse a un verbo que le llevara lejos. Lejos del último adjetivo que le arrastró hasta el reverso del suelo que pisaba. La mente en blanco y un mapa por recomponer, una geografía por reubicar. La frase de su amiga fue letal. Cada letra iba cargada con verdades que ni él mismo había valorado. Las comas, las pausas, los silencios y lo malditos puntos suspensivos quemaban. Así esperaba ese vehículo redentor. Inquieto, teneroso, tembloroso, entusiasta del desaliento, sabedor de sus miserias, conocedor accidental de las verdades que le dan cuerpo a la mente... ...Y en su maleta tan sólo llevaba un verso contagioso que no escribió. Un texto que recibió por azar de un sueño a través de un diálogo que no sabe cómo empezó pero sí adónde le llevaba.  El murmullo del vagón susurraba desde el fondo del plano. Podía oler el reflejo de su escapada. Imaginaba una huída para empezar, no de cero, pero sí desde un quiebro de sí mismo. Enrai

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...