Ir al contenido principal

Sentido y (actualizada) estabilidad

Daniel Seseña. Foto realizada en Gran vía (Madrid) el 9 de julio.
Salió porque no le quedaba más remedio; quería entrar en realidad. Entrar para salir del todo. Salir para entrar sin pedir permiso. Ser dueño de una vida donada y desordenada. Llevaba tres días sin vender una descarga de su app: OjoXojoH2. Una aplicación para profundizar en planos ocultos. Arrancó con éxito al principio, pero de pronto se paró. Y aunque no le quitaba el sueño -tenía dos proyectos más en desarrollo- estaba inquieto, poque uno de sus planos ocultos se había movido del sitio y algo tan firme como el suelo ahora quemaba y temblaba, así que decidió encerrarse. Pero ya no podía más. 

En la calle observaba la caótica mirada colectiva. Alguna caía sobre él. Otras se cruzaban, pero la mayoría se perdían. Salió sin objetivo, solo con el plano angular en la cabeza. Un fin con principio pero sin final. Andar, recuperar la estabilidad... O encontrar una versión nueva de la misma. No ocurría ni una cosa ni otra y aun así seguía caminando. Se refugiaba en cornisas que nunca había visto, en un hueco en el rincón más anodino del ardiente suelo madrileño, en un pensamiento perdido de alguien que ya piensa en otra cosa, en un cartel que perdió su actualidad, en el sueño que tuvo hace un més o en los ojos de aquella chica que nunca le miró.

¡Qué dura es la calle! Pensaba. ¿Dónde voy? Seguía pateando. Y así hasta que se encontró con una una sombra de sí mismo que caminaba desde hacía años por una calle paralela. Desde 2005, confesó. Se reconocieron al instante y se dieron un fuerte abrazo, de los que hacen ruido en silencio. Al día siguiente, actualizada la estabilidad y el sentido poco común, hizo la compra -sin lista previa- y reajustó los planos. Por fin empezó a escribir lo que no estaba escrito y sobre todo reforzó el fondo de la sombras ante la luz cegadora.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

El verbo y el tren coloquial

Estación de Atocha, Madrid. Enero 2016 Esperaba subirse a un verbo que le llevara lejos. Lejos del último adjetivo que le arrastró hasta el reverso del suelo que pisaba. La mente en blanco y un mapa por recomponer, una geografía por reubicar. La frase de su amiga fue letal. Cada letra iba cargada con verdades que ni él mismo había valorado. Las comas, las pausas, los silencios y lo malditos puntos suspensivos quemaban. Así esperaba ese vehículo redentor. Inquieto, teneroso, tembloroso, entusiasta del desaliento, sabedor de sus miserias, conocedor accidental de las verdades que le dan cuerpo a la mente... ...Y en su maleta tan sólo llevaba un verso contagioso que no escribió. Un texto que recibió por azar de un sueño a través de un diálogo que no sabe cómo empezó pero sí adónde le llevaba.  El murmullo del vagón susurraba desde el fondo del plano. Podía oler el reflejo de su escapada. Imaginaba una huída para empezar, no de cero, pero sí desde un quiebro de sí mismo. Enrai

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...