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Las palabras y el entendedor

Ayer conocí la verdadera historia de un personaje clásico. Muy clásico. La del buen entendedor al que le basta con pocas palabras. Se llama Martín Abreviado y -cómo no- se desahogó conmigo entre café y café... Descargándose de su red todas las palabras que nunca ha utilizado y cuya ausencia tanta fama le han dado. Finalmente reconoció, tras 3 horas de monólogo, que no entiende nada.

Esto debería de suponer un trastorno para él, o al menos una agitación interior brusca... ¡Un golpe! Pensaba yo. Pero nada más lejos de la realidad. Estaba encantado de necesitar más palabras para entender algo. Decía que era un descanso reconocer no ser ese buen entendedor. Estaba harto de fingir que no necesitaba preguntar. Claro, ahora tenía tantas preguntas que hacer... Tantas dudas... Tantas tensiones no resueltas por haber aparentado captar el fondo de las cuestiones cuando necesitaba tantas explicaciones... Tanta incertidumbre...

Debí de faltar los días de clase en que los profesores insistían en que no nos quedáramos con dudas. Eso o que directamente me nacieron para ser el elegido, el buen entendedor... Y jamás recibí más que las palabras justas para comprenderlo y entenderme. Pero eso ya se acabó. Insiste. Ha apostatado y quiere concentrarse en un futuro de preguntas por hacer e imaginar. Y empedrar un camino con respuestas.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…

podríamos arreglar un encuentro con 'el que calla', que creo que también anda cansado de otorgar, cuando la mitad de las veces no sabe qué decir. grp

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