Ir al contenido principal

El charco de Benet (existente o borrador)

Viene de Benet el mafioso y la entrevista ficción 1001...

...El principio de la historia de Benet se encuentra en un charco. Me cuenta que cuando abrió el ojo izquierdo no tardó en comprobar que su ojito derecho le había abandonado. Estaba tirado en aquel charco, rodeado de despropósitos propios y un montón de años perdidos. Algunos emprendedores se encomiendan a un mecenas para sacar adelante su proyecto. Otros buscan muchos inversores para no depender de ninguno. Mario Benet apoyó su vida en un escudero llamado Javier Retablo.

Le pagaba bien y a cambio hacía del hijo que nunca tuvo y acometía para él pequeñas y comprometidas gestiones mafiosas de barrio. Una extorsión por aquí, un cobro extra por allá, sutiles intimidaciones y algún que otro artículo escrito para un par de periodistas corruptos. El pequeño Javier valía para todo. Las arcas de Benet lo notaron desde que le rescató de aquel centro juvenil de mala muerte. Eran como Sonny y Calogero en Una historia del Bronx (Robert De Niro,1993) pero en versión sórdida situada en el Madrid de los 80. Se querían, se respetaban y confiaban el uno en el otro sin lugar a dudas.

Benet se sacudió la chaqueta y los zapatos para quitarse de encima el barro, los despropósitos y el agua estancada. Le dolía todo el cuerpo y tenía la ceja derecha partida en dos... Dividida, mejor dicho. Una dando por sentada la traición de Javi y la otra dudando de él mismo. Sin cartera, sin dinero y con un aspecto decrépito, que constató en el reflejo del charco cuando las aguas se calmaron, decidió refugiarse en su piso secreto, muy cerca del Manzanares.

Explica que Javier Retablo tenía ambiciones, pero siempre las compartía con él. Nada fuera de lo normal. Mario le entrenaba en el difícil arte de la extorsión, y le protegía en los momentos difíciles. Por ejemplo, si en alguno de los extorsionados afloraba el instinto de indignación y trataba de defenderse, ahí entraba el Señor Benet para dormir ese vanidoso síntoma reivindicativo. Es decir, no era el típico apoderado que abandona a su protegido al mínimo síntoma de conflicto con él. No, Mario se vinculaba a él para siempre. Eso sí, sin derecho a romper el lazo por parte del protegido. Después se veían una peli clásica, tipo La fiera de mi niña (Howard Howks, 1938) y hablaban de la vida como padre sin serlo e hijo que aprende a serlo.

Javier -siempre fiel y agradecido-, le escuchaba, preguntaba, aportaba creatividad mafiosilla, ampliaba espacios para atraer más dinero. Además, con Mario había aprendido a no ser más ambicioso de lo que podía permitirse. En su negocio entraba la economía suficiente para vivir dos vidas, pero sin ostentaciones, y el secreto estaba en trapichear legalmente. Como suena. Mario tenía la teoría de que todo ser humano necesita (inconscientemente) ser extorsionado o atracado en pequeñas dosis periódicamente; no entra en los porqués, pero asegura en esta entrevista número 1001 que es así. Y él, dice, tiene el deber moral de satisfacerles, y eso a la larga "les ayuda a mejorar". Javier entendió la lección e incorporó la teoría sin contemplaciones.

Horas antes de amanecer empapado de sus miserias en agua estancada y sin noticias de Javier, habían quedado con una madre mafiosa que tenía algo que decirles. Se llamaba Matilde Mazorca y era la verión de Benet al otro lado del charco (de la otra orilla del Manzanares). Se conocían desde críos, y se rumoreaba en círculos (sin cerrar) que eran hermanos separados por una infancia oscura (de la que Mario no me habla); pero no se hablaban desde tiempos colegiales. Javier fue quien hizo posible la reunión. Benet accedió. Era una tarde fría, con el cielo rosado y el suelo congelado, menos ese charco.

Quiero proponerte un trato, Mario, arrancó Matilde. El trato consistía en compartir a Javi y a cambio ella donaría una parte de sí misma a esa relación. Una parte de sí misa compuesta por ella y un porcentaje de sus recaudaciones (dinero, historias ajenas, almas rentables, dudas cicatrizadas en almoneda, cinismos frescos...). Benet no lo vio claro y amplió el trato a la posibilidad de acceder en todo momento a sus intenciones a través de la desmemoria. En ese momento sintió un golpe en la nuca. Después sólo recuerda el sabor de sus errores empapados con el agua del charco.

Cuando llegó a su piso del Manzanares repasó los hechos. Lo veía todo turbio, pero con los claroscuros necesarios como para encontrar algo de certeza. Javier desapareció. Las teorías que empezaban, morían rápidamente. Con los días, los meses y los años todo pasó... Hoy han transcurrido más de 20 años y desde ese día, no ha vuelto a saber nada. Cambió extorsiones por verbos descatalogados y abrió una tienda sin trastienda en la que vende colecciones de tapas desgajadas de sus libros. Cambió de barrio y se hizo el muerto para enterrar su pasado. Ahora, quiere que le ayude a saber si existe o es un borrador.

Comentarios

grp ha dicho que…
Para mí Benet no sólo existe, sino que "su historia es enteramente verdadera, ya que te la has inventado tú".

No sé si así se despeja alguna duda, pero yo me quedo con ganas de saber qué más flota en ese único charco que no se ha congelado.
La Zapateta ha dicho que…
Pobre Mario... toda una vida de
E-Pistolas sin bala pero que matán de poética, para que una hermana, que no lo es, transcharcada, golpee con el brazo del sobrino-hijo, que no lo es, al pobre Mario (no confundir con Mario Postigo, de "Cruz de Navajas", que es otra historia, que no lo es), y dejar no sé si embarrado o emBORRADO a Benet. Genial, como siempre, Dani.

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza. El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- e

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...