Ir al contenido principal

La humedad subjetiva del cuadro

Del muro más seco de su piso surgió una tenebrosa humedad con cara de pocos amigos, que no de Bélmez. Entonces comenzó a dialogar con la pared. El gesto de aquel rostro mohino no cambiaba, pero Mario intentaba que al menos se pronunciara. Le habló del jardín donde perdió la virginidad y donde se dejó una historia que no volvió a encontrar. También le contó cómo se las apañó para salir de la primera vez que se hundió en un vaso sin agua. Le confesó que no era el tío más honrado del mundo. Lloró cuando se acordó de la muerte de su lagartija Pancho... Más que nada, porque no fue una muerte sino un homicidio involuntario; dejó a su alcance una idea suicida que no supo procesar. Agotado, se quedó frito sobre la alfombra marrón.

Al despertar comprobó que la humedad estaba seca y con una semi sonrisa a medio esbozar apuntándole directamente. Le preguntó por su cambio de actitud, a lo que la humedad seca respondió con un llanto sincero. Cuando dejó de lloriquear le contó que no sabía qué hacía ahí. Se sentía perdida. Tampoco tenía muy claro qué era. No hablaba como humedad, sino como si fuera un experto en algo al que le han expropiado de su 'huerto' y se ha quedado en modo secano. Mario trataba de empalizar. La humedad seca no paraba de desahogarse. Finalmente Mario, ya con la capacidad de escucha saturada, decidió que había llegado el momento de sacar un espejo. Pero se arrepintió antes de ponérselo delante. Por qué. Porque la humedad empezó a dibujarse y a regalar silencios.

Callaron por fin. Y Mario y humedad agotados cayeron rendidos. Al día siguiente llegó Maríe, la asistenta francesa. No había nadie en el piso. Estaba limpio e iluminado como para ser expuesto. Maríe empezó a limpiar lo limpio. Agotada se paró delante del muro de carga. Se dio cuenta de que había algo diferente en él. Pero no sabía explicarse qué. Se sentó, rotó sobre sí misma, reflexionó y finalmente dejó que la mirada perdida encontrara el cambio.

Ayer iba yo por la calle y escuché una conversación entre dos vendedores de ideas. Venían de una exposición de arte indiscutible. Estaban muy impactados y contrariados porque tras años de sentadas de cátedra, se habián enamorado de unas formas dibujadas en la pared del vestíbulo del museo, y que por supuesto no formaban parte de la muestra. Uno de ellos, emocionado, aseguraba haber visto a su tata en ese 'fresco'. El otro, se había reconocido a sí mismo.

Y ésta es la 'entrada' a una historia que se me ha ocurrido después.

Comentarios

La Zapateta ha dicho que…
En el techo de una casa que yo usaba a diario y usted frecuentaba, existió una presencia húmeda en la que mojé las soledades vividas. En otras techumbres, más al oeste de la capital, que usted usaba y yo frecuentaba, se secaban Costas y tostas y se urdían los futuros que ahora nos presentan como somos y seremos.
Dani Seseña ha dicho que…
Y de esos gestos emparedados nacieron los guiños que hoy nos dedicamos, como dice La Mode, "En cualquier fiesta". Porque no hay mejor fiesta e infierno (maravillosa dualidad) que la vida misma que desarrollamos en ese "pisito" propio.

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza. El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- e