Ir al contenido principal

Tirando por Final con Delirio

Es lo único que quedó de ella. Sus botas y una flor junto a un árbol sin ambición. Lucía era ambiciosa y sofisticada. Anclada en el posmodernismo pop de los 80 no supo gestionar sus ansias de absorción ilimitada. Eran tan intensas que, por ejemplo, cuando pronunciaba las haches aspiradas en público (o para sí), las dejaba sin sentido, sin aliento. La falta de ortografía y de autocontrol terminó absorbiéndola en sí misma. Y ahí está su féretro natural, el que podemos ver en la foto captada poco antes de la última lluvia. Ahora ya no queda nada. El epitafio corre a cargo del viento que todo lo transporta.

Lucía empezó su vida por la calle del medio. Renunció a apoyarse en referentes para no reconocer méritos ajenos. Tiró por la calle de al lado, donde abrazó ese posmodernismo ochentero del que ya sólo quedan las botas. Abandonada a su suerte pero llena de estímulos adquiridos y absorbidos como elementos de una colosa colección de valor incalculable, Lucía quería seguir luciendo por dentro para alumbrar la calle final. Esa calle por la que definitivamente tiraría sin percatarse de que cruzaba con el Paseo del Delirio. Al atravesar el límite sublimó. 

Afortunadamente queda una instantánea tumba con estructura de bodegón que nos habla de Lucía. Un personaje más que no pasarán de ahí.

PD.: Si alguien sabe algo más de ella, ruego lo comparta a través de sus comentarios.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Creo que esto ya lo conté, pero yo una vez tuve unos botines como esos, rojos. Un día me crucé con una anciana que primero quiso quitármelos y luego comprármelos por un par de euros. Tal vez era una Lucía prematuramente envejecida, con su epitafio aún por escribir y con ese mismo delirio en los ojos.

Me gustan tus bodegones de zapatos.
Dani Seseña ha dicho que…
Gracias,

Me inspiró un bodegón que vi en alguna parte. Lo pintó un aprendiz con historia, un hijo pequeño de séis que se hizo hermano mayor y padre de dos... A la par que mentor de sí mismo y de alguno más. Un gran tipo. De esos que prefieren una mirada llena de mensaje a una bofetada a destiempo; me lo dice su hijo.

Pintó su bodegón de botas apiladas, todas con una historia acordonada que contar... Lo dejó apoyado en el suelo y cuando me vio la cara de admiración me lo regaló. Este post lleva sus pinceladas.
Anónimo ha dicho que…
Parece un gran tipo, sí.

Y estoy segura de que a mi también me gustaría mucho ese bodegón de botas apiladas. Sería bonito escribir una historia por cada par de botas.
América Valenzuela ha dicho que…
"Al atravesar el límite sublimó". Otra frase que te voy a robar.

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza. El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- e