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BLOGOCATARSIS A GOLPE DE EDICIÓN

Hace unos días Chiqui de la Fuente nos hablaba de Netdisaster - ¡Destruya el web!. Una página que te propone “varias maneras de torturar tu casa virtual y ver los resultados (alguno de ellos son realmente demoledores) para que luego no te lleves demasiado sofocón por si te ocurre realmente”… Nada más leer el post me metí y sometí, como hizo el propio Chiqui, mi blog a todas las cabronadas que te plantea la aplicación. Una blogocatarsis y una buena forma de echarte unas risas a costa de ti mismo. No está mal.

Pero no es el único sistema de “tortura”. Buceando por Microsiervos (alertado por un compañero de trabajo) me encontré con otra aplicación nada desdeñable para dar un buen susto a alguien o para imaginar titulares imposibles. Resulta que pegando en el explorador, una vez hayas entrado en cualquier web (El País, por ejemplo), una ruta java puedes editar todo texto que tengas delante, cómo suena. El titular, el cuerpo o lo que te venga en gana. El delirio está asegurado.
*Java para editar una web: javascript:document.body.contentEditable='true'; document.designMode='on'; void 0

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El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza. El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- e