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EL ARTE (Y DECORO) DEL ABANDONO

Tuve el privilegio de encontrarme, mientras paseaba por la calle, con esta obra de arte que podéis ver en la foto. Es anónima, modesta, sin pretensiones y sin descripción del proceso creativo. Una faena. Pero mejor, me dije... reflexionemos.

Una bolsa de Lays al jamón de Jabugo y un "biozumo" Pascual se pierden en el interior de un inodoro abandonado a su suerte. Custodiado por un muro adornado gracias a un humilde grafiti. El váter se niega a doblar, desea seguir siendo él mismo... Quiere continuar respondiendo ante el trasero de la vida.

Lo dramático
y no menos fecal del asunto es que -arrimando el hombro a un ser no vivo (pero muy vivido)- este objeto ha tragado lo que no está escrito y encima es desterrado de su lugar. Aquí no vale aplicar el sentido freudiano sobre cortar el cordón umbilical; separarlo de su vínculo con el WC y la madre pared de azulejos, significa la muerte para nuestro inodoro. Pido por tanto el reconocimiento expreso del objeto y no menos sujeto; significante y significado... Es EL ALIADO.

Por cierto, recomiendo la exposición virtual de un gran amigo. Bajo mi virtud de coleccionista, tuve el placer de donar la obra que podéis ver en la parte superior-derecha de este post. Se llama Felipe Mellizo y nos muestra, en un a de sus facetas artísticas, una retrospectiva sobre los diferentes ángulos que pueden definir al váter. Sobriedad, delirio, impresión, desazón, alegría, euforia, creatividad. Todo cabe en la taza.

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El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...

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