Ir al contenido principal

MARTÍN EXCLAMA

Me acabo de encontrar a Martín Exclama y me cuenta que aún no sabe cómo...

Aún no sé cómo pude librarme de esa enfermedad que me acompañó durante tantos años... Y lo 'peor' de 'todo' es que ahora la echo de menos. Sí, gracias a ella soy lo que soy, que no sé si soy mejor o peor... pero soy como soy gracias a ella. Y eso que la muy jodía no tiene nombre. Sólo sé, sólo saben, que es rara. ¡Rara como su puta madre! Exclamaba el médico que me parió, que resultó ser por azar mi padre; pero esa es otra historia. Porque aunque no me parió, sí me sacó para meterme en su casa/laboratorio.

Aún no sé cómo pude quedarme sin ella. Voy tranquilo por la calle, sin temores, veo a los francotiradores en las azoteas esperando un movimiento sospechoso para lanzar sus balas. Están educados para ello. Es su enfermedad. Sin ellos, las balas estarían huérfanas y sin destino. Es extraño caminar entre caos y hostilidad y no sentirme amenazado. No me tiemblan las piernas. No me tiembla nada. No sospecho ni sospechan de mí. Todo está en su sitio.

Los raterillos continúan sobreviviendo. Los radicales no cejan en su intención de conquistar los extremos. Los buenos siguen siendo los peores, y los malos buscan razones de peso desesperadamente. Nadie gobierna, no hay democracia en mi tierra, ni lo contrario. Es un cuadro abstracto de aristas, ausente de redondeces. Y yo, sin la enfermedad que me protegió. Y el médico/padre desconectó los cables que nos ligaban a una vida a medias.

Lo bueno es que sé por dónde empezar; o mejor, por dónde seguir... El camino sigue siendo largo. ¡Sigo!

Comentarios

Juana ha dicho que…
Los cables siguen, las conexiones tambíén, pero estamos fuera .... todo ha terminado, todo ha comenzado .... todo está en su sitio .... el camino ..... cada vez más fascinate .... ¡Seguimos!
Miguel Ángel Pegarz ha dicho que…
Pues que nos siga contando esa marcha hacia adelante sin miedo y tan buena vista.

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza. El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- e