Ir al contenido principal

MUERTE VIVA SIN GERUNDIO

Por Gregorio Tumbado

Cuando has vivido boca abajo es difícil morir de frente. Me cuesta creerlo, pero al caer, segundos antes de cerrar los ojos para siempre, me giré para buscar la niebla que nunca me ocultó; así es, así ha sido... No sé en qué tiempo verbal vivo... o muero. He muerto cegado de nebulosa y aún no me he enterado de que he muerto. ¿Qué Raro soy, no? El caso es que siempre he vivido oculto sin ganas de ocultarme del todo. Pero como nadie me ha enseñado a mostrarme, no he podido ni aprender.

Ahora, bajo tierra y juramento, me encuentro extraño, casi afónico y con ganas de cantar a coro una letra que desconozco. Ni siquiera estoy seguro de estar donde estoy, porque percibo en sentido inverso cuando en realidad estoy al derecho... como quien dice. Juré no molestar y aquí me encuentro. ¿Dónde? Ya lo he dicho, no lo sé. Me pesa jurar y más aún sostener tierra. Igual bebí demasiado aquella noche.

Recuerdo una reunión entre tahúres albinos. Creo que aposté por encima de mis convicciones en mitad de una conversación sobre gurús internacionales y caí en el error de la seguridad. Se me nubla el recuerdo. Ahí empieza todo y ahora todo ha terminado. Aunque no entiendo por qué sigo cavilando si ya no hay gerundio que me sostenga en vida.

Comentarios

isa ha dicho que…
Enhorabuena por este post que deja ver tantísimos matices entre esa niebla que no oculta.

Impresionante e impresionada, sostengo.
Juana ha dicho que…
Y la Vida le sostiene, incluso cuando ha muerto .... terminé con una sensación extraña de no-final .... me pregunto si ¿hay final?¿hay principio? .... lo que sin duda hay es, gerundio: viviendo
Miguel Ángel Pegarz ha dicho que…
Timidez vital y postvital con resultado de muerte por negación de auxilio ante incompetencia vital.

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza. El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- e