Ir al contenido principal

CON GRESO O SIN ÉL

Con Greso se hace el Parlamento. Con esa premisa David Greso vive día a día su día a día. Y eso que lo suyo es alejarse de consensos y vivir en un sueño de individualidad. Y eso que nadie le ha consultado nada. Y eso que tiene algo que no tiene nadie más... Una palabra envidiable que pone de acuerdo tanto a antagónicos como a falsos colegas; a compañeros como a rivales; a charlatanes como cautelosos... A todos.

Greso no tiene espejos porque no se soporta, prefiere intuirse a través del reflejo que obtiene de su tostadora. No es consciente del cajón de verbos que posee, de la colección de adjetivos que guarda, de su capacidad para conjugar vidas ajenas en un hemiciclo. Y además le produce una enorme frustración no serlo (consciente), porque por no poder... no puede ni ponerse de acuerdo consigo mismo cuando una parte de él, decide ir a su bola.

Lo ha intentado todo, desde pensar en ello hablando con la "ti" hasta debatir él solo, haciendo el pino apoyado en la pared que más detesta de su piso diáfano. Todo se contradice cuando consigue el consenso entre los demás. Sólo quiere regar su individualidad, su egoísmo positivo. Además los gases le matan y los retortijones golpean su capacidad de elección. El presidente del Parlamento le ha rogado y él ha negado... El país se rompe.

Comentarios

grp ha dicho que…
Tras lectura rápida porque estoy pero no estoy:

¿fingió los erasmus??, jajajaja!!.

'se intuye a través del reflejo de la tostadora', qué bueno, me encanta!!.

Volveré con tiempo para taparme con esas fundas y pasearme por Greso, que presiento que está lleno de matices interesantes.
Dani Seseña ha dicho que…
No está mal el recorrido que has hecho... y además me has dado una idea: Érase una vez un hemiciclo donde se fingían los Erasmus...

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza. El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- e