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ENTRE EL CHISTE Y EL CHÓPED

Juliano tiene vida gracias al chiste que inventó Manolo, un charcutero que inventa chistes entre corte y corte, entre esencia de chóped y jamón de segunda. Los sueña, apunta el final y escribe el principio con el café de la mañana. Luego se lo cuenta a Marulia, su esposa y guionista de todos conocida en la localidad de Entresijos por sus comedias. Ella aprueba o suspende el chiste y él actúa en Consecuencia; localidad donde se encuentra la charcutería.

Juliano por tanto nació entre jamones y emergió sin preguntar ni por papá ni por mamá, sino ¿Por qué? Y sólo oía risas a cambio. Todos le ríen las gracias a Manolo. Juliano lloraba sin ganas, porque sólo tenía ganas de escuchar una respuesta. Nada de teta, nada de leche, nada de nada, sólo respuestas reclamaba... Pero las risas ajenas no cesaban. Vestido con unos vaqueros y sin sonajero a su alcance decidió salir adelante por su cuenta. Gateó entre los lacteos y se irguió al final de los desodorantes, rozando los preservativos. Al final se fue sin pagar.

Marulia, que todo lo escribe, le ha adoptado a la salida del súper... Lo pilló al vuelo (lo ocurido) y le dio las gracias a Manolo un rato después. Ahora, Juliano, crece entre la mente de su nueva madre y lo acontece en Entresijos, que no es poco.

Comentarios

Miguel Ángel Pegarz ha dicho que…
Aunque carente de ningún comentario que hacer, y alguno pillado a medias (tirando por alto), me gustan mucho los post que nos regalas últimamente.

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El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

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