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A HOSTIAS Y PALABRAZOS

No me gusta tu cara. Ya, a mí me pasa lo mismo con esa. No me extraña. ¿Y ahora qué, nos damos de hostias o reconducimos la situación? No me gusta tu cara. Bien, veo que avanzamos. Es que siempre estás con el rollo ese de hablar... ¡Venga, pues nos damos de hostias! Sería demasiado rápido. ¿El qué? Que te tumbaría de un guantazo. ¿Eso crees? Lo sé, primero porque te saco una cabeza, segundo porque mi brazo es dos veces tú y tercero porque... ¡¡HOSTIÓN!!

Antes de terminar la frase, el de las palabras cambió los argumentos por un gancho de derecha y medio cabezazo con plomo por cerebro. Y el del cansancio por tanto hablar terminó con los piños en el suelo. El de las palabras le abofeteó para reanimarle y el del cansancio por hablar reaccionó a la tercera palmada.

Estás fatal, tíio, cómo se te ocurre darme ese gancho. Lo siento. No, tío, esto tenemos que hablarlo. ¿El qué? Pues esa reacción. ¿Qué le pasa a mi reacción? Que no es normal, debes hacértelo mirar. ¿Tú crees? No lo creo, lo sé. Es que te estabas poniendo tan gallito... Que tuviste que hostiarme, ¿no? Bueno... Es que tú eras el de hablar. Ya, bueno... ¡"Ya, bueno", leches, míratelo tío! Lo haré.

Comentarios

Miguel Ángel Pegarz ha dicho que…
Hasta el más dialogante tiene un límite en su paciencia. Y que no recurra a la agresión como primer argumento no implica que no pueda estar muy preparado para utilizar la fuerza si llega el caso.
(opinión peregrina de alguien sin ni idea)
La Zapateta ha dicho que…
Las amistades están llenas de contradicciones y dentistas. Por eso hay tanto argentino al acecho. Por cierto, acecho un pocht geñial.

Acuífero

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