Ir al contenido principal

VIDA CORTADA A NAVAJA

Sin tener ni idea de patinar, sin saber hacer el canuto con una A, sin conocer el misterio de los replicantes, sin hallar indicios de nada, sin terminar la tesis sobre su hipótesis, sin saldar la cuenta, sin entender por qué su tío abuelo Limón Suárez cayó en una combustión espontánea y sabiendo que sigue sin saber nada de él, ella bebió de aquella botella de plástico cortada -a navaja- por la mitad.

El calimocho recorrió sus autopistas y se llenó de preguntas que nunca hará. Por su parte, él, sin saber qué decir, sin nada en la nevera, sin amigos, sin ilusiones, sin talento, sin envergadura, sin hipoteca, sin viento ni marea, sin respuestas, sin preguntas, sin calzoncillos con estampados, sin aliento, sin método, sin saber por qué su tía abuela Cervantina Estación rozó lo imposible y sabiendo que sigue sin saber nada de ella, bebió de la botella cortada por la mitad.

Después, sin tener por qué hacerlo, salieron a dar un paseo y dejaron atrás la sucursal bancaria. Allí, en aquel Banco se conocieron, en lo más alto; en aquellas reuniones financieras con terceros... también cortadas a navaja. Y hoy, por circunstancias y sin saber por qué, prefieren el banco de enfrente y el calor de la fría sucursal. Son Cecilia Pol y Paulino Suárez. Los indigentes de la esquina con una historia más en la mochila de atrás.

Comentarios

Juana ha dicho que…
Beber de la botella cortada por la mitad y, poder escuchar la historia que cuenta la mochila de atrás, esa que nadie quiere ver pero que todos sienten .... una historia, quiero una historia más ....
labertolutxi ha dicho que…
Original, hay miles de sitios para conocerse.
Miguel Ángel Pegarz ha dicho que…
BSO ".. y es que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ay, ay, ay..." No se porqué pero se me vino a la cabeza al leerte.
¿De lo más alto a la indigencia?
(Opinión peregrina de alguien sin ni idea)

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza. El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- e