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CONFLICTOS

Paulina dice: ¡Y si por casualidad se te ocurriera dirigirme la palabra en un momento de duda, que sepas que te voy a destrozar esa mísera vida de puta que llevas que no haces más que joder la de los demás… Eres tan despreciable que no mereces mi compasión, aunque te la voy a dar por lástima. Sí, lástima. Eso es lo que me das. Maldita zorra!

Rosaura: (silencio)

Paulina insiste: Pero en qué momento se te ocurrió semejante… semejante… semejante barbaridad. Cómo es posible que una hija de la gran puta como tú tengas el lujo de vivir una vida normal, como la del resto de los seres humanos…

Rosaura: (silencio)

Paulina respira y continúa su exposición: Si es que deberías estar muerta, mala perra, pedazo de… troglodita. ¿Alguna vez has practicado aquello que nos hace humano que consiste en pensar? ¡So bastarda! No sé ni cómo llamarte ya. Espero que te pudras lejos de mí. Porque no quiero que te vuelvas a acercar.

Mario oye voces, entra en la habitación y se hace el silencio. En la cama de su hermana hay dos muñecas Barbie entrelazadas… como si alguien hubiera estado simulando con ellas una pelea. Mario se va, cierra la puerta, pero no se va. Pega la oreja y a los pocos segundos escucha un escueto: ¡Zorra!

Comentarios

Nacho Hevia ha dicho que…
Genial! El guión no aprobado de Toy Story!
copifate ha dicho que…
Si pegas la oreja, oyes lo que no está en los escritos..., pero hay que saber escuchar, como este bloguero del antifaz. Uno ya es viejuno pero no para de sorprenderse con estos blogs !!!!!!!!
Anónimo ha dicho que…
La Zapateta dice:

Es como los sueños.... No sé si lo he soñado o lo he vivido, no sé si lo he oído o no. Pero, el caso es que me ha dejado una sensación extraña, de impotencia, de intromisión, de desasosiego, de flojera. Casi Buñuel.
Enhorabuena.

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El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

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