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A LA POSTRE UN CADÁVER II

Por Fabio Carabeo / Viene del post anterior
Habían pasado dos semanas sin hablarnos. Ha sido ella ahora quien ha roto el hielo con este mensaje de facebook. Lo único que intercambiamos fueron las peticiones de agregación a la red social, un par de “smiles” y mejores intenciones. Pero reconozco que no he dejado de pensar en ella desde entonces. Ahora, con fiambre de por medio, me las veo putas para sacar el lado romántico a este asunto. Pero bueno, ahí voy.

Son las 20:00, la espero en la Taberna del Dos con un “Abadía Retuerta” sobre la mesa. Entra al poco de pegar mi primer sorbo, con esa sonrisa que me dejó en el sitio la noche del muerto. Está radiante, iluminada por el color malva de su blusa, más traslúcida que transparente pero por ahí anda la cosa... Dos besos, algo de nervios, y enseguida saca un papel para señalar con energía tres palabras que parecen revelar el nombre del fallecido en la alcantarilla: ¡Ginés Pasa Impar! Cuando las pronuncia casi me da un telele (síncope).

No hace mucho que Dani hablaba de él en este blog... Ese personaje que “quiso ser como David Duchovny y encontrar a la mujer de su vida a golpe de llamada y se encontró con su tía Almendra. Cuando logro recuperarme del shock le propongo a María que nos vayamos a vivir juntos. Contesta que sí. Ahora estamos en pleno momento mudanza. Por cierto, creemos que la casera tiene algún vínculo con la tía Almendra... Investigaremos.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
aunque el lado romántico es evidente, si yo fuera Lachita Callando me andaría con ojo, que como decía ayer la zapateta, hay mucho fiambre en este blog. Y desde luego, nada de frutos secos.
Miguel Ángel Pegarz ha dicho que…
Eso si que es quemar fases de una relación mortalmente rápido.

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El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

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La crónica borradora

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