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EL EFECTO... PETANCOSA

No importaba España, Casimiro pasa de fútbol y se centra en la partida de petanca del barrio. Es hincha de Eugenio, un estrafalario vecino de setenta y muchos que siempre lleva su boina roja carlista. A Casimiro no se le conoce ideología política, pero sí su afición por los deportes… locales. Cuando decide aparcar su esquizofrenia disfruta viendo cómo su héroe lanza la bola y golpea a las demás; cómo las vibraciones se transmiten de un objeto a otro; cómo todo tiene un sentido y como todo movimiento tiene una consecuencia.

Eugenio es consciente de que tiene un monoclub de fans. Y cuando juega bajo la tensa mirada de Casimiro, saca pecho y le dedica sus mejores lanzamientos. Constanza es la mujer de Eugenio. A ella le apasiona coleccionar, desde niña, cromos de todo tipo. Ahora está concentrada en completar el álbum que le regaló su hija sobre Dartacán y los Mosqueperros. No es fácil, es de los años 80… Pero sabe que en Ebay lo encuentra todo. De hecho… tiene cierta adicción al clic en esta web.

Constanza charla con Casimiro cuando los demás jugadores de petanca tiran sus bazas. Eugenio está atento a lo que hacen sus rivales; ignora la presencia de su mujer. El más hábil después de él se llama Rodolfo y es un ex combatiente del Ejército Republicano y se pica mucho con Monchi, el falangista empedernido y mal jugador. Constanza no soporta a ninguno y adora aprender de los silencios de Casimiro... De su soledad.

Cuando la partida está a punto de acabar, Casimiro –más tenso- le dice a Constanza que si gana su marido le regala el cromo que le falta. Cuando va a lanzar la bola, irrumpe en el parque un tipo desnudo con una pintada dividida por las nalgas: “José Antonio era Rojo”. “José Antonio”, en una, y “era un rojo” en la otra. Monchi –irritado- intenta correr tras de él, pero sus ochenta y pico le impide correr. Eugenio se ríe lanza y no da bola. Casimiro se enfada y le dice a Constanza que no le da el cromo, pero a cambio tira al suelo una estampita del Cristo de Medinaceli. Constanza, defraudada, le grita: ¡Eso no es, Casimiro, Eso no es!

Vuelve el corredor desnudo, a toda pastilla cruza el parque en carrera lateral tocándose el pito y mirando a Monchi. Y antes de desaparecer entre los árboles se despide con cántico futbolero: ¡Ni flechas ni pelayos, me las piro de soslayo!

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Leo el 12 de 10 de 2008 este blog de 27 de 6 de 2008.
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