Ir al contenido principal

JULIO, USUAL LEGIONARIO DE RISTO

La siguiente historia transcurre entre las 22:00 y 23:00 una noche cualquieraJulio, había sido retenido en un pequeño barracón de los estudios de Telecinco. Dos mastodontes de seguridad custodiaban la puerta. Julio les cuenta el chiste de la vaca, pero no mueven ni una ceja. No tienen sentido del humor. ¡Soy legionario de Risto! No podéis retenerme, grita Julio. El interior del barracón tiene unos metros 4 cuadrados, una butaca, un perchero, una mesa y sobre ésta dos botellines de Bezoya y un par de canapés sobrantes… algo rancios.

Entra un señor de negro y le dice: no se mueva, enseguida tendrá noticias. Sin esperar una respuesta por parte de Julio, se da la vuelta y pega un portazo. A continuación se oyen unos pasos sigilosos. Entra Risto Mejide en el barracón. Se queda de pie frente a Julio. Lleva un libro bajo el brazo: Yo soy aquel, la biografía única de Rouco Varela. No habla, le mira atentamente, lo examina. Julio rompe el hielo. No me digas que no te gusta mi camiseta. No, contesta Risto.

De nuevo vuelve el silencio. Julio pensativo, tranquilo. Risto sigue clavando su mirada en Julio. Éste se come un canapé. Ofrece el otro a Risto. No, responde. Un minuto, dos, tres y… a las 22:55 Risto se decide. Da un salto hacia atrás, pega tres pisotones en el suelo y comienza el espectáculo… Se pone a cantar y bailar, muy eléctrico, a lo Carlton Bangs It's not usual de Tom Jones. Julio... alucina.
PD.: Post libre de moraleja

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza. El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- e