Ir al contenido principal

HABLE DOCTOR QUE YO ASUMO

A Federico, hermano de Fausto, le acaban de comunicar que no tiene apéndice. Bueno, qué sorpresa, comentó espontáneo. Pero cómo es posible. El médico de turno se encogió de hombros. Al menos así no me dará un ataque de apendicitis, se autotranquilizó Federico. El Tratado de Lisboa seguía sin ratificarse. Cuando salió de la consulta pensó en su corazón, en el hígado, en el riñón y así uno por uno por uno. La radiografía le duró una semana.

Se sentía muy raro. Manda narices que con 40 años descubra uno que algo con lo que contaba (por descontado) no figure en su haber interno. Bebía agua y notaba como las riadas recorrían su organismo. Lo mismo le ocurría con las ideas que fabricaba su mente. Iban paseándose libremente por venas y demás conductos. Tuvo un sueño en el que discutía con Borges sobre el mundo de las bibliotecas. Federico trataba de sacarle una respuesta a la pregunta: ¿Cómo puedo tener acceso a cada una de mis dudas? Borges le miraba, le observaba, pero no emitía palabra alguna.

Cambia de plano y Federico se encuentra en medio de piquete de camioneros. Un conductor, con la apariencia de David Villa, se acerca y le dice con acento argentino: “Pará, dejá de darle vueltas… Seguí moviendo la pelota, la jugada aparece… Si jugá bien tus cartas, al final se te abrirá la puerta del gol”. Entonces, aparece Nadal en escena, le enseña su brazo derecho y le dice: “Mira, compáralo con mi izquierda, soy diestro, pero me va mejor como zurdo… y se pierde por el fondo de la pista mientras se señala la sien. "La huelga se ha desconvocado", reza la espalda de Nadal.

Federico pone la radio y escucha un anuncio que habla de la cantidad de gente que sufre disfunción eréctil. Después, le sigue otra cuña sobre funerarias. Llega el boletín, que arranca con el balance de los muertos en carretera durante el fin de semana. Se levanta, va al baño y cuando empieza a mear fluyen ideas, palabras, frases, antiguos rencores, viejos deseos, fantasías almacenadas, un botón de una chaqueta raída, uno punto y coma. Se lava la cara y después de secarse se mira al espejo y descubre que no es Federico, sino Raúl (el 7 del Madrid)… ¡Coñó, qué hago aquí, si tendría que estar de jugando con mis compañeros! -se recrmina-.

Federico se despierta en una cama de un hospital. Todos le miran. El doctor, que no es otro que su hermano Fausto, se acerca al oído y le susurra: todo ha ido bien, es benigno.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las palabras se las lleva Twitter

Apenas estaba digiriendo una información -con alta carga de valor- cuando un tuit la bajó de golpe muro abajo. Intenté seguirla, pero no paraba de caer al foso; y durante el imparable descenso iba olvidando el cuerpo de la noticia que me había llamado la atención. Finalmente renuncié y volví a lo más alto del muro de nuevo, con la esperanza de leer algo interesante, entonces un hilo que sostenía al texto en extinción entró en escena. Intenté seguirlo pero poco duró su vigencia. Una vez más la gravedad de las redes sociales impuso su fuerza. 
El volumen de la ansiedad de la masa social por publicar, por ser viral, por conseguir apoyo de followers, ¡por ser!, por estar, por pintar, pesa y ocupa tanto que la palabra apenas puede sostenerse. De hecho acabo de perder el hilo que me trajo hasta este texto. ¿Habré incorporado la misma gravedad y procesado de ideas? Es posible, porque ya se me está haciendo largo y empiezo a sentir ansiedad por publicarlo y que funcione por sí solo. Pesa. ¿Qu…

Murió en lugar de la palabra

El cadáver aún tenía mucho que decir, pero no había nadie al alcance a través del cual poder expresar... Se mordía la lengua con los últimos suspiros. Las ideas que nunca sublimaron se desvanecían. La sonrisa se iba transformando en relieve, el rock en adagio y el mito en una frase por decir. Los músculos ocultaban poemas escondidos entre líneas. La rabia y el sosiego tonteaban. Quería expresar, usar su codo izquierdo para hablar lo que no estaba dicho.
...El telón caía y el público tenía un pie en la cena. Y él, como cadáver, perdía su peso como actor. Se acababa el tiempo entre vivos por mucha palabra que tuviera pendiente. Su identidad era ya lo de menos; de la pausa pasaba al corredor del olvido. Nadie estaba pendiente de él. Lo que no expusiera en ese momento se desintegraría con él para siempre. Hasta pronto, hasta nunca. El tiempo seguía su curso y no parecía hallarse ningún traductor de cadáveres por su causa en la escena.
Estaba muerto y además, muerto de miedo. Acojonado po…

Sin estridencias

En mitad de la carretera, a pie de asfalto... Ya no pincha, ni mucho menos corta. Pero toma postura y digiere la curva peligrosa.