Ir al contenido principal

Casimiro busca su lugar

Me estaba tomando un café con Casimiro. Bueno, no exactamente. Yo estaba en una mesa y él en mi cabeza. De hecho, lo tenía en mente porque con el primer terrón de azúcar caí en que llevaba más de una semana sin verle. Casilda sigue haciendo de las suyas, sin embargo. Ayer la vi paseando por la calle con un paraguas corroído, vamos que no tenía tela alguna, sólo las varillas retorcidas. Se acercó a un chico y le dijo: cuidado niño, que “Lorenzo” está fuerte este año, acércate que te protejo con mi parasol.

Decidí preguntar a “paquito” el kioskero. Éste está bien puesto en cuestión de vecindades. No hay portera/o que lo suplante. Es un verdadero periodista… En efecto el que más periódicos distribuye de la zona y más información hace llegar a la gente. No tanto en lo tocante a coleccionables. No tengo ni idea, me respondió. Pues eso sí que era extraño. Si Paquito no tenía información del paradero de Casimiro eso ya me preocupaba más.

Decidí darme un paseo por el barrio. Me pasé por la partida de petanca del lunes, por el bar de Perejil, la vieja librería y por todas las calles que pude… Pero nada, ni rastro de Casimiro. Cuando iba a meterme en el portal de mi casa, unos toques en el hombro me llamaron la atención. Me giré y ahí estaba. Muy sonriente y con un I-Phone en la mano me dijo: ¿Has visto? Me lo ha regalado Jacinto...

Y antes de que pudiera decirle nada se fue dando saltitos de un lado a otro con el aparato en la mano. Cantaba la canción del ColaCao y se perdía entre la gente y el sol mientras no podía evitar reírme por lo absurdo del encuentro, por el alivio de volver a verle y por su entrada en el mundo tecnológico. Casilda ha marcado estilo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

El verbo y el tren coloquial

Estación de Atocha, Madrid. Enero 2016 Esperaba subirse a un verbo que le llevara lejos. Lejos del último adjetivo que le arrastró hasta el reverso del suelo que pisaba. La mente en blanco y un mapa por recomponer, una geografía por reubicar. La frase de su amiga fue letal. Cada letra iba cargada con verdades que ni él mismo había valorado. Las comas, las pausas, los silencios y lo malditos puntos suspensivos quemaban. Así esperaba ese vehículo redentor. Inquieto, teneroso, tembloroso, entusiasta del desaliento, sabedor de sus miserias, conocedor accidental de las verdades que le dan cuerpo a la mente... ...Y en su maleta tan sólo llevaba un verso contagioso que no escribió. Un texto que recibió por azar de un sueño a través de un diálogo que no sabe cómo empezó pero sí adónde le llevaba.  El murmullo del vagón susurraba desde el fondo del plano. Podía oler el reflejo de su escapada. Imaginaba una huída para empezar, no de cero, pero sí desde un quiebro de sí mismo. Enrai

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...