Ir al contenido principal

VERBALIZANDO LA PEQUEÑA JANA

Se cambió por ella, como aseguró que haría en medio de aquella fatal discusión. Fue entonces cuando se quedó preñado. Y como cuando uno se cambia por la otra y en el proceso ocurre la fecundación, no hay vuelta de papel y toca seguir los 9 meses con las intenciones embrionarias. Ella prometió estar a su lado... desde su lado; en su sitio, que en este caso ya era el de él.

Antes de que naciera la criatura, Eugenio Tramacento pasó de nuevo por su etapa anal, después tuvo dolores femeninos y padeció los males que Violeta Chaleco había previsto. Y al final, como madre, asumió la paternidad. Fue una experiencia que le hizo madurar y ser consciente de lo que significa verbalizar una idea; pasar del mundo de las sombras a poseer un útero y albergar un cigoto lleno de intenciones y cargado con inconsciencias venideras por plantear.

El epílogo
es la pequeña Jana. Pero entre nosotros, se llama Lucía Tramacento Chaleco. Una preciosidad de cría y mejor persona.

Salud!

Comentarios

Patricia ha dicho que…
Eso sí es dar la vuelta a la propia vuelta. Me gusta. Como madre nunca me había planteado ponerme en el lado del padre. Lo haré. Y eso que sigo siendo hija.

Buenísimo, dani.
Patricia
Anónimo ha dicho que…
"Si yo fuera otra persona, haría tal o cual cosa"...es fácil opinar en un supuesto que nuca será.
Pero cuando de verdad se cambia el papel y lleva contrato con letra pequeña (la pequeña Jana)...la historia cambia y ya no tenemos tan claro lo que hacer

M.

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza. El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- e