Ir al contenido principal

CERTEZA SALPICONA E INSEGURIDAD IMPLOSIVA SOBRE LA MUERTE

Supieron que era él, Román Sòplàjer por el pendrive ignífugo que llevaba colgado al cuello. El resto del cuerpo estaba completamente calcinado y lleno de certezas salpiconas. Olía a mala hostia y pocos amigos, pero esos matices sólo los podía apreciar el detective Evaristo Privado. Conocía su historia desde el principio y no estaba dispuesto a compartirla con la Policía, ni mucho menos con los agentes de movilidad urbana. Se debía a Octava Fraile, la novia del cadáver, y a nadie más. Ella puso precio al proceso de búsqueda.

No se sorprendió cuando Evaristo le pasó el informe. Era lógico, le había extendido un cheque en blanco (y negro) por encontrarlo muerto cuando todo el mundo daba por hecho que estaba vivo. No, no le quemó Privado ni lo mató. La gente adoraba a Sòplàjer, demasiado. Pero las certezas salpiconas sólo podían llevar a una dirección, la de su amigo (¡mejor amigo!) Astuto Galván. En una ocasión, una cena de Navidad, borracho perdido, aseguró -sonriente en mitad de una conversación sobre la muerte-, que Román se ahogaría en su propia seguridad...

Poco después, Octava, pillaba en el baño a Astuto practicándose una certeza... Con la sorpresa y el sobresalto la salpicó. No hubo sobresueldo en ese momento que la mantuviera callada. De hecho gritó, pero el secreto sólo lo compartiría poco después con Privado. Había llegado la hora de enterrar la duda y encontrarse con Astuto... Y así lo hicieron, pero éste, se había quitado la vida. Evaristo y Octava lo olieron antes de llegar, tanto, como la inseguridad implosiva que impregnaba su casa. No superó estar permanentemente a la sombra del acento que siempre apoyaba y enfatizaba a Román.

Salud!

Comentarios

Juana ha dicho que…
El problema de "enterrar la duda", a la que te descuidas sale de la cripta y ..... la tenemos liada .... la duda se transforma, siempre se transforma.
Anónimo ha dicho que…
parece que más que ahogarse en su propia seguridad, Román se quemó entre certezas y acabará enterrado entre una duda y un tipo Astuto. Da igual quién pusiera el acento, al final los dos han acabado a la sombra (de un ciprés, probablemente). isa
Miguel Ángel Pegarz ha dicho que…
Genial, aunque hoy me sobran los coemntarios :-)
Dani Seseña ha dicho que…
Nunca sobran los comentarios Cyber. Sin comentarios esto no tiene sentido.

Salud y comentarios!
Miguel Ángel Pegarz ha dicho que…
Me refiero Dani, que tengo la cabeza seca, que me ha gustado muchisimo pero hoy no se por donde comentar :-)

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza. El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- e