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DESDE EL SUELO + UNA ASISTENTA CSI

He decidido dejarme caer de la cama y la verdad, no me he hecho daño. Cuando llegué al suelo, el desastre de mi vida había sido fregado por la asistenta -a la que pago y no conozco-. Ella, muy discreta, se encarga de borrar las huellas de mi desastrosa existencia. Estoy seguro de que no se verían ni con la luz de Grissom . Desde el suelo todo se ve mejor, más real, más a ras de realidad. Y eso que tengo 3 pisos por debajo... ¿cómo me verían mis vecinos de abajo si el suelo fuera transparente? Absurdo, desnudo, patético, como soy...

Es el texto de una hoja cuadriculada con tres agujeros al margen que encontré medio metida (o medio salida, según se mire) esta mañana en el depósito de reciclaje que véis en la foto... Junto al cabacero, quién sabe de qué cama, mini cama o camastro imposible. No sé quién 'habla'; ni idea del origen de este breve 'quejío'. Me me intriga, francamente. Miro a la gente de mi barrio, observo, pero no puedo imaginar quién encaja en un perfil capaz de escribir de ese modo. Igual hay que empezar por la asistenta anónima. Investigaremos.

Salud!

Comentarios

Juana ha dicho que…
Las "limpiadoras" somos "tremendas", no dejamos nada en su sitio, ni siquiera las cabezas que no vemos, pero ..... nos ocultamos fácilmente.
Anónimo ha dicho que…
No deja de maravillarme lo bien que funciona el reciclaje en tu barrio: unas palabras tristes que viajan del suelo a este blog pasando por una asistenta misteriosa que quita las manchas más difíciles, las que dejan huella. isa
Miguel Ángel Pegarz ha dicho que…
Investiga, investiga. A veces el reciclaje es malo, originalmente esa nota seguro que iba en una botella de vidrio, pero hubo que separarlo en dos contenedores ¿como la vida exterior - interior del autor de la nota?

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El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

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