Ir al contenido principal

NOCHES

Fabio Carabeo

Sigo con un clásico de los chistes breve que no me quito de la cabeza desde anoche: Esto es un hombre que va por el campo, cae la noche y lo mata. Unos dicen que es genial, otros no mueven ni un gesto ante su enunciado. Qué queréis que os diga, yo me parto. Lo que no sé es por qué no me lo quito de la cabeza. Bien, me lo haré mirar antes del ocaso.

Comentarios

Nacho Hevia ha dicho que…
a mí este chiste (ya conocido) me puede, siempre me río con él...me parece hasta poético... es, simplemente, genial
Anónimo ha dicho que…
Fabio Carabeo
Lo es, eso creo.
Anónimo ha dicho que…
La poesía está en cae la noche. En lugar de matarle podía haberse apartado y recogido y guardado la noche hasta el día siguiente. Está el suelo lleno de noches.
Anónimo ha dicho que…
Fabio Carabeo:

Bueno, me alegro. Tenía dudas, recuerdo cuando conté el chiste hace años en un momento dado... no hubo ni una risa. Pero lo peor fue que nadie ni tan siquiera pronució el clásico: ¡Qué malo! No, más dramático aún, giraron la mirada y me ignoraron. Menos mal que con los años e internet te encuentras con gente que comparte esta "poesía".
Anónimo ha dicho que…
Capitán Garfio:
Siento ser la nota discordante,pero a mi sintiendolo mucho no me hace gracia,¿será que estoy perdiendo mi buen humor?
Un saludo.
Anónimo ha dicho que…
La Zapateta dice:

Capitán, las cosas más divertidas no hacen ni puta gracia. Espero haberte aclarado algo tu sensación frente a este chiste genial, como "el del fresco que entra por la ventana y se lleva la tele"...

No sé.....
Anónimo ha dicho que…
Totalmente de acuerdo, Zapateta.
Anónimo ha dicho que…
Capitán Garfio:
Ustedes me perdonen,¿sera que estoy pasando una época de.. "idiosingracia".
Un saludo.
Anónimo ha dicho que…
Manu:

A mí ese chiste me parece una genialidad, el del fresco también. Pero sobre todo me gusta el del grano de arena que llega al desierto y dice: ¡vaya ambientazo!

Entradas populares de este blog

El Cerrojo

Abrí para pedir un café, pero una mirada (que vale 1.000 vocablos) me cerró la puerta. Esperé a que pestañeara, pero solo un párpado estaba por la labor de ceder. El otro protegía -con todo- el ojo avizor. Saqué una llave en son de paz. Dio un golpe en la mesa como respuesta. Intenté darle mi brazo al torcer. Sacó un as. Yo pinté bastos. “El cerrojo, aunque no lo creas lo llevas tú”, me dijo en tono conclusivo. Cuando miré mis manos para intentar descifrar sus palabras la camarera me sirvió un café. No entendí mucho lo sucedido, y menos cuando me giré hacia la puerta nadie miraba. Solo quedaba la mirilla, hidroalcohol y una propina. 

El verbo y el tren coloquial

Estación de Atocha, Madrid. Enero 2016 Esperaba subirse a un verbo que le llevara lejos. Lejos del último adjetivo que le arrastró hasta el reverso del suelo que pisaba. La mente en blanco y un mapa por recomponer, una geografía por reubicar. La frase de su amiga fue letal. Cada letra iba cargada con verdades que ni él mismo había valorado. Las comas, las pausas, los silencios y lo malditos puntos suspensivos quemaban. Así esperaba ese vehículo redentor. Inquieto, teneroso, tembloroso, entusiasta del desaliento, sabedor de sus miserias, conocedor accidental de las verdades que le dan cuerpo a la mente... ...Y en su maleta tan sólo llevaba un verso contagioso que no escribió. Un texto que recibió por azar de un sueño a través de un diálogo que no sabe cómo empezó pero sí adónde le llevaba.  El murmullo del vagón susurraba desde el fondo del plano. Podía oler el reflejo de su escapada. Imaginaba una huída para empezar, no de cero, pero sí desde un quiebro de sí mismo. Enrai

Idas y venidas por una mala salida

 Viéndolas venir me dieron en toda la cara. Una a una, las idas y venidas de años anteriores (y una del que entra) fueron golpeándome repetidamente hasta que pronuncié la palabra requerida: "Perdón". Las idas reclamaban un sitio concreto al que llegar; las venidas, más dimensiones. La correspondiente a 2021 era ida y estaba algo más perdida. Lo más difícil para mí fue darme cuenta de que tenía la responsabilidad de ubicarlas. Lo supe por una mala salida de otra persona hacia mí. Ésta, la mala salida, me advirtió -poco antes de abofetearme por izquierda y derecha con la mano abierta- de que debía organizarlas. ¿Cómo? pregunté. Viéndolas venir, exclamó. Así que tras pedir disculpas y tomar la firme decisión de implicarme en la búsqueda de lugares y dimensiones, todo empieza. A ver...